Cuando las máquinas aprenden a memorizar, el aula debe enseñarnos a imaginar y sentir.
El regreso del profesor Ma
A veces olvidamos que antes de ser el rostro de Alibaba y uno de los hombres más ricos del mundo, Jack Ma era simplemente un profesor de inglés. Hoy, 12 de febrero de 2026, su mensaje no viene desde los rascacielos de Hangzhou, sino desde la convicción de que el sistema educativo actual es una bomba de relojería. Ma ha vuelto a sus raíces con una misión clara: evitar que los niños de las zonas rurales de China se conviertan en versiones obsoletas de un software.
¿Te has parado a pensar alguna vez en lo absurdo que es competir con una calculadora en rapidez mental? Pues bien, Ma sostiene que estamos haciendo exactamente eso con la educación tradicional. En un mundo donde la inteligencia artificial (IA) puede recitar cada dato histórico y resolver ecuaciones complejas en milisegundos, obligar a un niño a memorizar fechas y fórmulas es, en sus palabras, una pérdida de tiempo monumental.
Imagina que estás entrenando para una maratón y tu única estrategia es intentar correr más rápido que un tren de alta velocidad. Es frustrante, inútil y, sobre todo, te quita las ganas de correr. Eso es lo que le está pasando a millones de estudiantes que todavía se rigen por un modelo diseñado para la Revolución Industrial, no para la era de los algoritmos.
El fin de la era de la memoria
La propuesta de Ma, impulsada a través de su fundación, se centra en un concepto que a menudo despreciamos por considerarlo “poco práctico”: las habilidades blandas. Para él, la educación rural en China —históricamente centrada en el esfuerzo extremo y la repetición para superar exámenes— necesita un giro de 180 grados. No se trata de saber más, sino de ser más humano.
“Si las máquinas pueden hacerlo mejor que nosotros, no compitas con ellas en eso. Compite en lo que nos hace únicos: la imaginación, la curiosidad y la empatía”.
Este enfoque no es solo una teoría romántica. Es una necesidad de supervivencia económica. Las zonas rurales suelen ser las más golpeadas por la automatización. Mientras que en las ciudades los jóvenes tienen acceso a redes de contacto y tecnología de punta, en el campo la educación es a menudo la única escalera de ascenso social. Si esa escalera está rota porque enseña habilidades que una IA de diez dólares puede replicar, el futuro de estas comunidades está en riesgo.
La brecha que la IA no debería ensanchar
Uno de los puntos más interesantes de este movimiento es la intención de cerrar la brecha de oportunidades. Históricamente, el campo siempre ha ido un paso por detrás. Pero Ma cree que la IA podría ser, irónicamente, el gran ecualizador. Si logramos que la tecnología se encargue de la parte tediosa de la enseñanza, los profesores rurales podrán dedicar su tiempo a ser mentores, no meros repetidores de libros de texto.
¿Te acuerdas de aquel profesor que te cambió la vida porque te escuchó o te hizo una pregunta que te dejó pensando días? Eso es lo que Ma quiere multiplicar. Un algoritmo puede darte la respuesta correcta, pero difícilmente sabrá qué pregunta necesitas hacerte para despertar tu curiosidad. Esto es como si, en lugar de enseñar a los niños a fabricar ladrillos de forma manual, les enseñáramos a ser arquitectos que usan robots para construir ciudades.
Los pilares de la nueva escuela rural
Para aterrizar esta visión, la iniciativa de Ma propone tres ejes fundamentales que deberían guiar el aprendizaje de los próximos años:
- Fomento de la curiosidad: Menos respuestas cerradas y más preguntas abiertas. Aprender a dudar es más importante que aprender a afirmar.
- Pensamiento crítico: En la era de las noticias falsas y los algoritmos de recomendación, saber filtrar la información es una habilidad de supervivencia.
- Inteligencia emocional: La capacidad de colaborar, empatizar y liderar equipos humanos, algo que (por ahora) la IA no puede emular con autenticidad.
A menudo me preguntan si esto significa que ya no hay que estudiar matemáticas o lengua. Nada de eso. El cambio no está en el “qué”, sino en el “cómo” y el “para qué”. No estudias matemáticas para ser una calculadora; las estudias para entender la lógica del mundo y poder crear algo nuevo con ella.
¿Es realmente viable este cambio?
Por supuesto, no todo es tan sencillo como un hilo de Twitter optimista. Los críticos señalan que el sistema de exámenes en China (el famoso Gaokao) sigue premiando la memoria por encima de todo. Cambiar la mentalidad de las familias rurales, que ven en el estudio tradicional la única salida a la pobreza, es una tarea titánica. ¿Cómo convences a un padre de que su hijo pase más tiempo pintando o debatiendo que memorizando caracteres?
Además, existe el riesgo de que la IA en el aula se convierta en una distracción o en una muleta que atrofie el pensamiento propio. Si el software nos da todo masticado, ¿seguiremos teniendo el hambre de descubrir cosas por nosotros mismos? Ma confía en que el papel del profesor como guía moral y creativo evitará este escenario.
Personalmente, esto me hace pensar en cómo nosotros mismos consumimos información hoy en día. ¿Cuántas veces buscamos algo en Google solo para olvidarlo cinco minutos después? La propuesta de Ma nos invita a reflexionar no solo sobre los niños en China, sino sobre nuestra propia relación con el conocimiento en un mundo saturado de datos.
Lecciones para el día a día
Aunque no vivas en una aldea remota de China, la visión de Jack Ma nos deja algunas conclusiones que podemos aplicar desde hoy mismo:
- No compitas con la tecnología: Úsala para potenciar lo que ya sabes hacer, no para que piense por ti.
- Invierte en tus “habilidades humanas”: La comunicación, la creatividad y la ética son los activos que menos se devaluarán en los próximos 20 años.
- Cuestiona el modelo tradicional: Si estás aprendiendo algo solo por repetición, probablemente un algoritmo ya lo haga mejor que tú. Busca el valor añadido.
- La curiosidad es un músculo: No dejes de hacerte preguntas incómodas sobre cómo funcionan las cosas.
Al final del día, la tecnología es una herramienta, no un destino. Como bien dice Ma, el objetivo de la educación no es llenar un cubo, sino encender un fuego. Y en la era de la inteligencia artificial, necesitamos más fuego y menos cubos llenos de datos que caducan al ritmo de la próxima actualización de software.



