Pintar un cielo no es lo mismo que entender por qué nos conmueve el azul.
El espejismo del mundo infinito
Imagina que entras en una habitación que parece perfecta. Las paredes tienen un color cálido, los muebles parecen cómodos y la luz entra por la ventana con una suavidad envidiable. Pero, al intentar sentarte, la silla se deshace como si fuera humo. Al intentar abrir la ventana, el cristal se dobla como si fuera chicle. Esa es la sensación exacta que produce, a día de hoy, el intento de la inteligencia artificial de crear mundos de videojuegos por sí sola.
Recientemente, hemos visto un resurgimiento del interés por proyectos como Genie, de Google. La promesa suena a magia pura: escribes unas palabras y la máquina genera un nivel completo de un juego, con sus plataformas, sus enemigos y sus secretos. Pero al trastear con estas ideas, te das cuenta de que la IA no está construyendo un mundo; está soñando una película en la que tú apenas puedes moverte sin romper el hechizo.
Para los que amamos el arte, esto es como comparar un cuadro al óleo, donde cada pincelada tiene una intención y un relieve, con una fotografía borrosa tomada a toda velocidad desde un tren. La IA ve colores y formas, pero no entiende la gravedad, la resistencia de los materiales ni, mucho menos, la diversión.
¿Por qué la IA todavía es un decorado de cartón?
El gran problema de herramientas como Project Genie es que funcionan mediante la predicción de píxeles. Esto significa que la IA no sabe que una roca es sólida y que el agua es líquida. Simplemente sabe que, después de un píxel gris, suele venir otro píxel gris. Es como si alguien intentara escribir un libro de física habiendo leído solo poemas de amor: las palabras pueden ser bonitas, pero los puentes que construya se caerán.
En un videojuego de verdad, cada salto de Mario o cada disparo en un juego de acción es el resultado de miles de horas de ajuste manual. Los diseñadores humanos deciden que un salto debe durar exactamente 0.4 segundos para que se sienta satisfactorio. La IA, por el contrario, crea mundos que se sienten como caminar sobre gelatina. Las físicas fallan porque no hay lógica detrás, solo una imitación visual de la realidad.
Esto me hace pensar en los primeros días de la animación. Los dibujos se hacían con cuidado, fotograma a fotograma, dándoles un peso que los hacía sentir vivos. La IA generativa actual en los videojuegos es el equivalente a un collage hecho con recortes de revistas: a lo lejos parece algo real, pero de cerca ves las costuras y el pegamento.
El empuje de la industria frente a la realidad creativa
No es de extrañar que gigantes como Ubisoft o EA estén invirtiendo fortunas en estas tecnologías. Para una gran corporación, la idea de reducir costes eliminando a cientos de artistas de entornos suena a música celestial. Quieren botones mágicos que creen montañas, bosques y ciudades sin descanso. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre rellenar un mapa con árboles genéricos y diseñar un espacio que cuente una historia.
Cuando caminas por las ruinas de un castillo en un juego bien diseñado, cada piedra derrumbada te dice algo. Quizás hubo una batalla, quizás el tiempo erosionó la estructura. Hay una intención narrativa. La IA, al menos por ahora, solo pone piedras porque ha visto muchas fotos de piedras. Es una belleza hueca, como un escaparate de una tienda de lujo que no tiene nada a la venta dentro.
¿Esto significa que la tecnología es inútil? En absoluto. Es una herramienta maravillosa para bocetar. Imagina que eres un artista y necesitas inspiración para una puesta de sol alienígena. La IA puede darte cien variaciones en segundos. Pero el pincel final, el que decide dónde cae la luz y qué sombra debe ocultar un secreto, tiene que ser humano.
La falta de alma y el factor humano
Lo que hace que un videojuego se quede grabado en nuestra memoria no es la resolución de sus texturas, sino el “sentimiento”. Es esa conexión invisible entre el creador y el jugador. Cuando un diseñador esconde un cofre detrás de una cascada, lo hace porque sabe que tú, como ser curioso, vas a ir a mirar allí. Hay un diálogo silencioso entre dos mentes.
La IA no tiene curiosidad. No sabe qué es la sorpresa. Por eso, sus mundos se sienten repetitivos y planos, incluso cuando son visualmente complejos. Es como escuchar una canción compuesta por un algoritmo que ha analizado todos los éxitos del verano: técnicamente es perfecta, pero no te hace vibrar el pecho.
Me puse a experimentar con algunos de estos modelos generativos y la sensación es de una soledad profunda. Estás en un mundo que nadie ha pensado para ti. Es un paisaje generado por el azar y las matemáticas, sin un solo gramo de cariño. Y eso, en un medio tan interactivo como el videojuego, se nota en cada rincón.
¿Qué podemos esperar del futuro?
No debemos caer en el pesimismo tecnológico, pero sí en el realismo artístico. La IA no va a sustituir a los diseñadores de niveles, de la misma forma que la fotografía no mató a la pintura. Lo que hará será cambiar el proceso. Los artistas dejarán de hacer las tareas más aburridas —como colocar individualmente cada brizna de hierba— para centrarse en lo que realmente importa: la experiencia emocional.
Estamos ante una nueva paleta de colores, una que es capaz de mezclarse sola, pero que sigue necesitando una mano que decida qué pintar. El riesgo real no es que la IA sea mala, sino que nos conformemos con su mediocridad por el simple hecho de que es barata y rápida.
El arte es la huella digital del alma humana; la IA solo es el eco de un pincel que no sabe qué está pintando.
Conclusiones para el jugador y el creador
- La IA es un boceto, no el lienzo final: Úsala para inspirarte, no para delegar la creatividad total.
- La física es la gramática del mundo: Sin una lógica interna sólida, cualquier escenario se siente falso.
- Valora el diseño humano: Detrás de cada rincón que te emociona en un juego, hay alguien que pensó en ti.
- No te dejes llevar por el hype: Los vídeos promocionales de Google o Ubisoft están muy editados; la realidad es mucho más tosca.
- El futuro es híbrido: Las mejores experiencias vendrán de humanos que usen la IA como un pincel inteligente, no como un sustituto.



