La autenticidad en tiempos de algoritmos: cuando tu ídolo es solo un puñado de píxeles bien entrenados.
El espejismo del scroll infinito
Imagina que estás en el sofá, haciendo el gesto casi mecánico de deslizar el dedo por la pantalla de tu móvil. Ves a una chica recomendando un café en una terraza soleada de Madrid. Luego, un entrenador personal te explica cómo hacer una sentadilla perfecta. Todo parece normal, ¿verdad? Pero aquí viene el giro de guion: es muy probable que, en un par de años, ninguna de esas personas sea de carne y hueso. O peor aún, que sean personas reales que han vendido su imagen para que un algoritmo trabaje por ellas mientras duermen.
Hoy, no estamos hablando de una posibilidad lejana. Estamos hablando de una industria que se mueve a una velocidad de vértigo. Esto es como si, de repente, todo el mundo tuviera acceso a un estudio de Hollywood en su bolsillo, pero sin necesidad de contratar actores. El problema no es que nos intenten vender algo; el problema es que la conexión humana, ese pegamento que mantenía unido internet, se está convirtiendo en un producto sintético.
¿Quién es quién en el escaparate digital?
Hace no mucho, los influencers virtuales como Aitana López o Lil Miquela eran una curiosidad. Eran personajes creados por ordenador que sabíamos que no existían. Eran como personajes de videojuegos que saltaban a Instagram. Pero la tecnología ha dado un salto mortal. Ahora no solo creamos personajes de la nada; estamos clonando a personas reales. Herramientas como Higgsfield AI están permitiendo que creadores de contenido reales generen vídeos de sí mismos haciendo cosas que nunca hicieron.
Esto me hizo pensar en la paradoja del creador. Por un lado, todos quieren escalar su negocio. Si eres un influencer con un millón de seguidores, tu límite es el tiempo. No puedes grabar 24 horas al día. Pero, ¿y si pudieras? ¿Y si pudieras generar diez vídeos diarios con tu cara, tu voz y tus gestos sin moverte de la cama? Para las marcas, esto es el paraíso: eficiencia pura. Para el espectador, es entrar en una dimensión donde la verdad es opcional.
La meta de 2026: el fin de la sospecha
Los expertos coinciden en una fecha: 2026. Para ese año, se estima que el contenido generado por IA en plataformas como TikTok o Instagram será totalmente indistinguible del real. Actualmente, si te fijas bien, aún puedes ver algún parpadeo extraño o una mano con seis dedos (el gran talón de Aquiles de la IA). Pero esos errores están desapareciendo. Estamos pasando de la fase de ‘parece real’ a la de ‘es imposible saber que no lo es’.
Imagina que esto es como la industria de los diamantes. Antes, los diamantes sintéticos eran fáciles de detectar. Ahora, incluso los joyeros necesitan máquinas especializadas para diferenciarlos. En las redes sociales, nosotros somos los compradores y el contenido es el diamante. El riesgo es que acabemos consumiendo una realidad fabricada en serie que nos genera expectativas imposibles. Si ya nos comparábamos con cuerpos retocados por Photoshop, ¿cómo nos sentiremos comparándonos con avatares perfectos que ni siquiera existen?
El negocio de la clonación: ¿tienes precio?
El impacto económico es brutal. Un creador de contenido medio gasta horas en iluminación, guion y edición. Un clon digital lo hace en segundos por una fracción del coste. Esto va a democratizar la creación, sí, pero también va a saturar el mercado de una manera nunca vista. Me puse a experimentar con algunas de estas herramientas y la sensación es agridulce: es fascinante ver cómo tu avatar habla idiomas que no conoces, pero también da un poco de miedo ver cómo tu identidad se convierte en un archivo .mp4 que cualquiera puede manipular.
Además, hay un vacío legal enorme. ¿Qué pasa si alguien usa tu clon para promocionar algo en lo que no crees? ¿O si una marca crea un influencer de IA para evitar pagar el sueldo de un humano? No es solo una cuestión de tecnología, es una cuestión de ética laboral y derechos de imagen. Estamos viendo cómo se crean agencias que solo representan a modelos inexistentes, ahorrándose dietas, viajes y caprichos humanos.
¿Cómo sobrevivir al gran engaño?
No todo es negativo, pero hay que ser más listos que el algoritmo. Aquí tienes una pequeña guía para no perder el norte en este nuevo mapa digital:
- Busca la imperfección: La IA tiende a la perfección absoluta. Si una piel no tiene poros, si el pelo se mueve de forma demasiado fluida o si la luz es siempre idílica, sospecha.
- Fíjate en el contexto: A veces los avatares tienen problemas para interactuar con objetos físicos. Mira cómo agarran una taza o cómo se sientan en una silla.
- Sigue a personas, no a marcas: La autenticidad se nota en los directos, en las respuestas improvisadas y en los errores. Los clones rara vez se equivocan de forma humana.
- Valora el ‘detrás de las cámaras’: Los creadores que muestran su proceso, sus dudas y su realidad sin filtros serán los que mantengan el valor en el futuro.
En definitiva, estamos ante un cambio de paradigma. La IA no va a matar a los influencers, pero sí va a matar el concepto de influencer que tenemos hoy. La pregunta que debemos hacernos no es si la persona que vemos es real, sino si el valor que nos aporta lo es. Al final del día, todos buscamos conexión. ¿Puede una máquina hacernos sentir comprendidos? Quizás sí, pero siempre sabremos que, al otro lado, no hay nadie devolviéndonos la mirada.
La autenticidad solía ser el alma de internet; pronto será solo un parámetro configurable en un panel de control.


