El Eternauta se derrumba, sí, pero no bajo el peso de los invasores extraterrestres imaginados por Oesterheld, sino bajo la sutil pero implacable presión de los algoritmos. Netflix, en un movimiento que algunos calificarán de pragmático y otros de profanación, ha utilizado inteligencia artificial generativa para dar forma a una escena clave de su nueva adaptación de la icónica historieta argentina. Una escena de destrucción, irónicamente recreada a partir de la virtualización de los procesos creativos.
¿Es este el grito silencioso del futuro llegando a nuestras puertas? ¿O el eco distorsionado de un pasado que creíamos seguro en el celuloide?
La noticia, revelada discretamente, casi como un susurro en los pasillos del poder mediático, es que una secuencia de la serie ‘El Eternauta’ – específicamente, el colapso de un edificio emblemático – fue generada mediante IA. No se trata de un mero retoque o asistencia digital, sino de la creación ex nihilo de un fragmento visual que forma parte integral del producto final.
La justificación esgrimida por Netflix, como era de esperar, apunta a la eficiencia: diez veces más rápido, una fracción del coste. La fría lógica del capital optimizando la producción, incluso en el terreno aparentemente inexpugnable de la creación artística.
Pero, ¿a qué precio? El debate sobre la IA en el arte ya no es una cuestión teórica relegada a las tertulias académicas. Ha llegado a la pantalla, se ha materializado en fotogramas que consumimos sin sospechar su origen. Y aquí radica la verdadera disrupción: la invisibilidad.
La normalización de la IA como herramienta creativa plantea interrogantes profundos sobre la autoría, la originalidad y el valor del trabajo humano. Si una máquina puede simular la destrucción de un edificio con la misma (o incluso mayor) eficacia que un equipo de artistas y técnicos, ¿qué futuro les espera a estos últimos?
Quizás estemos entrando en una nueva era del simulacro, donde la autenticidad se convierte en un lujo y la producción en masa de imágenes generadas por IA redefine nuestra percepción de la realidad. Una realidad mediada, filtrada y, en última instancia, construida por algoritmos.
La pregunta crucial es si esta democratización de la imagen (más contenido, más rápido, más barato) no conlleva una pauperización de la experiencia estética, una homogeneización del imaginario colectivo.
No se trata de demonizar la tecnología, sino de comprender sus implicaciones. La IA puede ser una herramienta poderosa para expandir los límites de la creatividad, pero también puede convertirse en un instrumento de control y uniformización.
El desafío es encontrar un equilibrio entre la innovación tecnológica y la preservación del valor humano, entre la eficiencia productiva y la integridad artística.
‘El Eternauta’, en su esencia, es una historia sobre la resistencia frente a la invasión. Ahora, paradójicamente, se enfrenta a una nueva forma de invasión, una invasión silenciosa y digital que amenaza con colonizar el territorio de la imaginación.
El futuro, como siempre, está por escribirse. Pero esta vez, las líneas las trazan, en parte, las frías manos de la inteligencia artificial.
“La imagen ya no es un espejo, sino un algoritmo. Y en ese algoritmo, nos reflejamos a nosotros mismos, cada vez más difusos, cada vez más virtuales.”



